Los hombres que a pesar de sus buenos deseos no han recibido la formación adecuada para saber cómo ser maridos amorosos y prudentes, no pueden cumplir el sabio modelo divino para la vida matrimonial, pero tampoco lo puede cumplir la mujer quien por falta de conocimiento ha equivocado su papel.

No basta nuestro cariño ni nuestras buenas intenciones. No podemos comprender ese mundo si no determinamos investigarlo. Los hombres no podemos conocer a la mujer profundamente en forma natural. Creemos conocerla, pero somos hombres y pensamos como tal y todos nuestros juicios se basan en nuestra forma de ver la vida.
Y para conocer ese mundo tan distinto, se necesita un hombre dispuesto a dedicar tiempo a ella, a investigar sus emociones y el mundo que les rodea. Es necesario profundizar para poder comprender sus sentimientos, angustias, preocupaciones, debilidades, fortalezas, y pasión. Debemos discernir qué les decepciona, o aumenta su autoestima, y qué les destruye emocionalmente.
Para poder apoyarlas, debemos conocer cómo animarla, cómo evitar su decepción. Para comprender el mundo de una mujer necesitamos poner atención a las situaciones que enfrenta. Debemos examinar sus vivencias como ama de casa, madre, esposa, y como parte del sistema laboral. Para comprender a la mujer se necesita algo más que una buena intención, se necesita buena preparación.
Todos los que nos casamos ignoramos la gran mayoría de los detalles y asuntos importantes de la vida conyugal. Si no nos conocemos a nosotros mismos, mucho menos a nuestra esposa.
Pero no sólo ignoramos las necesidades, responsabilidades y derechos de nuestro cónyuge, sino que también desconocemos esas áreas en nosotros mismos y por ello es imposible cumplir nuestro rol en la vida conyugal, pese a nuestros buenos deseos.
Un gran número no ha entendido la diferencia entre ser una mujer sumisa y una mujer subyugada, así como muchos hombres no comprenden la gran diferencia que existe entre tener autoridad y ser autoritario o machista.
La sumisión es parte del corazón de una mujer que reconoce y ha comprobado que su marido la ama y que aunque es un ser pecador con debilidades, y por lo tanto comete errores, siempre tiene en mente el bienestar de la esposa que ama.
El deseo de sumisión aparece en el corazón de una mujer porque Dios puso en ella ese inmenso anhelo de servicio, ese profundo deseo de amar, respetar y compartir toda su vida.

La sumisión adecuada se da entre dos personas que se aman, pero que han entendido que alguien debe llevar la autoridad y se respetan mutuamente.
En cambio, el sometimiento es el acto por medio del cual uno obliga a su cónyuge a hacer algo, a pesar de sus sentimientos.
Este es provocado por una persona autoritaria y desconsiderada. El que subyuga a su cónyuge no está interesado en los sentimientos de la otra persona, sino en que se cumplan sus deseos personales.
Quien subyuga a su mujer la aflige, la presiona, no considera sus necesidades y no toma en cuenta sus sentimientos. El subyugador sólo quiere que se realice su agenda y sus anhelos ignorando las necesidades de los que le rodean.
La mujer tenga el conocimiento, la capacidad y las herramientas necesarias para que pueda salir de su papel de víctima, para que no permita que nadie se convierta o se mantenga como abusador.
Si su cónyuge desea seguir viviendo erróneamente, ella con sabiduría pueda apartarlo rápidamente. Estoy convencido que en las manos de la mujer está la posibilidad de cumplir la meta que Dios trazó para ella en este mundo,
Dios nunca planeó que la mujer quedara sola y amargada en su hogar, siendo ignorada por su esposo, no es su propósito. Él no ha querido que la mujer sufra maltrato o violencia, al contrario, la entregó a un hombre, para que la protegiera, la amara, y le brindara seguridad.
El plan del Señor no fue que en el matrimonio ella alcanzara su mayor realización. Dios planificó que la mujer consiguiera su satisfacción al cumplir la razón de su existencia.
Lamentablemente muchas mujeres han errado en la comprensión de su rol y responsabilidad, y muchos hombres fallan al no tratar con cariño y respeto a sus esposas, pero cuando los cónyuges pecan, nada de Dios ha fracasado.
Por otra parte así como el hombre equivoca su papel, también la mujer lo hace.
Así como hay hombres que dejan de lado su función de proveedores de la economía para sus hogares, y se convierten en flojos, perezosos, negligentes.
Así también existen esposas que se convierten en manipuladoras, gritonas, alteradas constantemente y dominantes. Hay mujeres que se convierten en violentas y malcriadas y otras que soportan vivir con hombres de esas características.
Muchos hombres y mujeres fallan al no comprender su rol y responsabilidad como cónyuges, y como resultado existe maltrato y humillación.
Entender el diseño divino para el matrimonio y vivir en obediencia es lo único que nos permite tener una vida familiar de excelencia.
QUE DIOS ME LOS BENDIGA MUCHO AMIGOS MIO, UN ABRASO SU AMIGA
YANET CAMACHO